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Mar 17, 2020
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Regresaba a media tarde de una reunión y comida de trabajo. Estaba sentado en el metro, en el asiento justo al lado de la puerta, y medio adormilado. El metro se iba llenando de gente mientras avanzaba hacia el centro de Madrid. En una estación de subió una mujer madurita y con un cuerpo bien moldeado y unos pechos abundantes y firmes. Se quedó junto a la puerta, muy cerca de donde yo seguía sentado. Se veía que venía del gimnasio. Vestía unas mallas y una camiseta deportiva debajo de un chaquetón. A la espalda portaba una mochila de la que sobresalía un rollo de gomaespuma verde. Volví a cerrar los ojos conservando el recuerdo de su figura. Y entonces comencé a percibir un olorcillo excitante a mujer limpia, a hembra en celo. Entreabrí los ojos e identifiqué la procedencia de tan maravilloso aroma: la entrepierna de la mujer se balanceaba al ritmo del tren a pocos centímetros de mi cara. Con disimulo me acerqué lo más que pude a ese triángulo que exhalaba tan maravilloso aroma y cerré los ojos para disfrutarlo.

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Volví a abrirlos ya que había aumentado la intensidad de los olorcillos que tanto me excitaban. Ahora el triangulo de la malla del que emanaba tal elixir estaba mucho más cerca de mi cara. Quise retirarme, no quería que aquella pudiera sentirse acosada por mí. Pero estaba tan atrapado con aquel imán oloroso que no fui capaz; incluso tuve la osadía de acercarme aún más. Dos centímetros más y entraríamos en contacto. Me aturdía la intensidad del aroma. En un momento, un frenazo del tren hizo que aquel pubis, apenas velado por la fina tela de malla, se apretara durante un instante contra mi nariz. ¡Cómo explicar las sensaciones que me produjo este breve contacto íntimo! Me retire un poco por prudencia. Pero a la siguiente estación, aprovechando el leve frenazo volví a sentir como ese pubis un poco húmedo se pegaba contra mi cara y, protegidos por la intimidad del chaquetón, permaneció pegado a mí nariz el resto del trayecto. Asumí la complacencia compartida y disfrute de los aromas que ahora exploraba sin restricciones hundiendo mi nariz en ese palpitante monte, levemente húmedo.

Llegábamos a otra estación. Ella se inclinó hacia mí y me dijo: Me llamo Eli ¿te apetece venir a mi casa? Yo le respondí sin dudarlo: Me llamo José y estaré encantado. Salimos de la estación sin decir palabra y me anunció: Vivo justo enfrente.

Dentro del ascensor me abrazó, pegó su cuerpo al mío y me dijo: Ay José como me has puesto. Si llega a durar una estación más no me hubiera aguantado. Nos besamos. Sentí su sabor y me gustó tanto como sus olores. Mi erección presionaba justo en el punto cuyos olores me habían vuelto loco de placer. Al parar el ascensor seguíamos abrazados. Eli me preguntó son una sonrisa: José ¿Te gustaban mucho mis olorcitos? Ahora los vas a tener todos para ti.

En su dormitorio, junto a una cama enorme, nos desnudamos sin dejar de mirarnos. Ella se dejó puestas unas braguitas blancas y me invitó: Ven José disfruta de mis olorcitos. Yo me puse de rodillas frente a esos muslos que enmarcaban un triángulo lleno de promesas. Acerqué mi nariz y disfruté de sus olores, de sus matices, explorando con la punta de mi nariz cada rinconcito de su pubis a través de las braguitas. Me excitaba oír el cambio en su respiración; sus suspiros de placer.

En un momento ello me preguntó: José ¿Te gustarían probar también mis olorcitos de detrás? Se dio la vuelta y hundí mis narices en esa sima olorosa y caliente. Que olía a una mezcla entre el gel de la ducha del gimnasio y las secreciones de su excitación. Mientras acariciaba con los dedos sobre sus labios vaginales y su clítoris. Eli exclamó: ¡José estoy empapada! Yo, muy excitado le propuse: Déjame que te limpie.

Nos desnudamos por completo. Ella se tendió sobre la gran cama y yo procedí a explorar con mi lengua cada rinconcito de su sexo, metiendo la lengua en las profundidades de sus cavidades palpitantes. Eli no paraba de suspirar y alentarme: ¡Más, José, más! ¡Ahí, sigue ahí! De pronto comenzó a respirar con fuerza, tensó su cuerpo y se puso a temblar mientras tenía un orgasmo que le duró bastante tiempo.

Cuando se calmó me pidió que me tumbara a su lado y me dijo: Ahora es mi turno. Es difícil de explicar lo que Eli me hizo sentir ya que nunca jamás había disfrutado de tanto placer. Con besitos tiernos y caricias de su lengua fue recorriendo todo mi cuerpo. Al llegar al sexo jugueteó con mis testículos y beso mi pene que estaba duro como una piedra. Luego se lo tragó como si estuviera disfrutando de una deliciosa golosina. Así estuvo un rato hasta que le pedí que parara ya que no quería correrme aun. Quería penetrarla.

Nos besamos y ella con la mano dirigió mi pene hacia su intimidad. Nos abrazamos, le bese y nos fundimos en un vaivén delicioso hasta que coincidimos en una explosión de placer que nos dejó exhaustos.

Con cuidado de no salirme de su intimidad y gracias a que me duran las erecciones bastante tiempo, giramos hasta que ella reposó sobre mi pecho y yo la abracé. Así estuvimos un buen rato, hablando, besándonos, en silencio. Mi pene se había ido aflojando pero aún mantenía una cierta tensión. Notaba los movimientos de succión de su vagina. Poco a poco Eli comenzó a moverse y a besarme. Yo respondía a sus requerimientos. Entonces me dijo: José, quiero más. Yo le contesté: Yo también.

Ella se colocó encima de mí. Mi pene erecto la penetró hasta sus profundidades desencadenando una mezcla de dolor y placer. Me volvía loco verla allí sobre mí, moviéndose para sentirme más, balanceaba sus abundantes pechos delante de mi cara y yo mordisqueaba sus pezones de vez en cuando. Cuando llegamos cerca del clímax Eli se echó sobre mí y yo comencé a bombear con rapidez hasta que nos abrazamos con fuerza mientras nos estremecíamos de placer.

Fue un encuentro maravilloso que no he olvidado y que por esa razón os lo cuento. Solo espero tener la ocasión de regresar a Madrid en otra ocasión, llamar a Eli y repetir la experiencia. Sé que ella también lo desea.


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